“Los procesos de remodelación han de ser también un esfuerzo cultural. Hay que embellecer la ciudad no sólo con arquitectura, sino también con esculturas. Hay que hacer no sólo viviendas dignas, sino también ciudades dignas”. Estas palabras, pronunciadas por Enrique Tierno Galván en la inauguración de la primera fase de la remodelación del Poblado Mínimo de Vallecas en 1987, resume la filosofía con la que las administraciones dignificaron, no sólo las viviendas, sino el conjunto de un barrio, el de Palomeras Bajas, en pleno corazón de Vallecas.

Este barrio fue uno de los 28 que formaron parte del proceso de remodelación de barrios periféricos que, gracias a la Orden Comunicada dictada por el Ministerio de Obras Públicas en mayo de 1979, permitió realojar a cerca de 150.000 vecinos en 40.000 nuevas viviendas, levantadas en el mismo barrio que ellos habían construído al abrigo de la noche.

El equipo de arquitectos responsable del proyecto de remodelación del Poblado Mínimo de Vallecas, integrado por Mariano Calle, José Manuel Pazos, Jaime de Alvear y Álvaro de la Peña quiso construir un marco urbano singular. Aprovechó, para ello, las disposiciones del Real Decreto 2838/1978, de 27 de octubre, que permitía destinar el 1% del presupuesto de la obra a la realización de trabajos artísticos para promover la construcción de un conjunto escultórico que se logró integrar de forma orgánica en el entorno ajardinado proyectado por la paisajista Silvia Decorte.

El escultor Javier Aleixandre asumió la responsabilidad de coordinar la labor realizada por los escultores Juan Bordes, Joaquín Rubio Camin y Jesús Valverde; el ceramista Arcadio Blanco y los pintores Ceferino Moreno y José Luis Pascual.

Todos ellos sembraron con sus obras los sinuosos espacios creados por Decorte en la plaza-jardín que, aún hoy, constituye un espacio nuclear de la convivencia en el barrio.

La plaza consigue conectar los portales de los edificios que la rodean abriendo senderos peatonales mediante la creación de relieves artificiales que conforman laderas de umbría o solana en las que juegan variaciones de la textura de la vegetación.

Entre estas laderas se sitúan murales de cerámica, una secuencia esculpida en bronce a modo de mascarón de proa en el extremo de uno de los relieves artificiales o el “monumento a una persona importante”, construida en base a las propuestas realizadas por los escolares de los colegios Palomeras Bajas, Virgen Guadalupe y Ursulinas.

Han pasado 23 años desde la inauguración de este singular Museo al Aire Libre y, “a pesar de que había quien le auguraba una corta vida -apunta Almudena Jiménez, portavoz de la AV Palomeras Bajas- las esculturas siguen aquí, gracias a que los vecinos las hemos preservado. Sin embargo -añade-, a pesar de que constituye un ejemplo singular y único de Museo al Aire Libre en un barrio popular, la falta de mantenimiento y de los cuidados especializados que requiere este patrimonio artístico y cultural amenaza su conservación”.

La AV Palomeras Bajas y la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid (FRAVM) han pedido al Ayuntamiento de la capital que intensifique las labores de conservación de este conjunto, único en Madrid.