La década de los sesenta alumbró en Madrid el nacimiento del movimiento vecinal, un movimiento de base impulsado fundamentalmente por las familias trabajadoras allegadas a la capital desde otras regiones del Estado para encontrar en el pujante sector industrial un medio de vida. La ciudad que encontraron, sin embargo, distaba mucho de lo que esperaban. En plena dictadura franquista, la autoorganización fue el único camino que encontraron para dignificar sus condiciones de vida en materia de vivienda, educación, sanidad… y 1democracia! Durante mucho tiempo, sembraron de manifestaciones y otras acciones de denuncia unas calles aún secuestradas. Uno de los lemas más repetidos fueEl barrio es nuestro, un grito de guerra que devolvía a la ciudadanía el control sobre su territorio.

Han pasado desde entonces más de cuarenta años. En algunos frentes, las cosas nos han cambiado demasiado. La lucha contra los desalojos (antes de chabolas, ahora de viviendas más o menos dignas), por el derecho a la manifestación, por la construcción de equipamientos públicos de proximidad… ha vuelto a resurgir con fuerza en un contexto muy otro en el que, sin embargo, persisten las mismas (y otras) carencias.

La globalización ha multiplicado de forma exponencial los flujos migratorios y un mercado inmobiliario sometido a la especulación más bruta han convertido al barrio en un lugar muchas veces vaciado de sentido de pertenencia. En la actualidad, resulta complicado formar parte de una comunidad construida en torno a la cohabitación. Sin embargo, el barrio sigue siendo un espacio determinante para la articulación de procesos de reivindicación colectiva. El repliegue del movimiento 15M a los barrios y pueblos da buena muestra de ello.

El colectivo Todo por la Praxis ha querido recuperar algunas claves del proceso de constitución de un movimiento ciudadano en torno al barrio, no en clave nostálgica, sino con el objeto de actualizar aquel discurso confrontándolo con los que se generan en la actualidad.

Para ello han elegido el lema El barrio es nuestro, un “grito de guerra” que, en sus palabras, sintetiza el espíritu de estas movilizaciones y representa a todos aquellos que han sido utilizados en los últimos 40 años por las distintas asociaciones vecinales de Madrid para reivindicar mejoras en los servicios sociales, en los equipamientos públicos y en el acondicionamiento de los barrios” y que han materializado en una escultura de ladrillo de 15 metros de largo instalado en el parque de Palomeras Bajas, precisamente el barrio que vió nacer la primera asociación vecinal madrileña en 1968.

“El cartel –subrayan sus autores– se confronta a las convencionales esculturas públicas, que suelen estar asociadas a la representación del poder y estar formalizadas en monumentos figurativos de ensalzamiento y conmemoración de personajes históricos. La noción tradicional del monumento es ajena a los procesos de luchas sociales de barrio. Esta pieza pretende ser un reconocimiento del trabajo de las personas que han estado implicadas en el movimiento asociativo vecinal”.