Con fachada a la calle del Doctor Tolosa Latour, la iglesia Maris Stella, un interesante edificio de referencias palladianas construido con fábrica de ladrillo, planta central en cruz griega y cúpula ochavada sobre el crucero, fue levantada entre 1920 y 1930 en una parcela que, gracias a la labor del movimiento vecinal, hoy forma parte del parque de Pradolongo, el primer parque diseñado de forma participativa por la ciudadanía.

Parcialmente destruida durante la Guerra Civil, la iglesia no fue restaurada hasta 1960, por lo que las vecinas y vecinos de Orcasitas la conocen como la ‘iglesia rota’. Desde entonces, la AV Meseta de Orcasitas no ha cejado en su empeño de exigir al Consistorio madrileño que garantice su recuperación arquitectónica y destine el templo a albergar un equipamiento público.

El pasado 15 de abril, por fin, el Ayuntamiento aprobó una modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid por la que permite la recuperación del templo Maris Stella para uso dotacional definiendo el régimen de obras permitidas para su rehabilitación. En virtud de la nueva normativa, la fachada exterior de la iglesia debe ser necesariamente restaurada y el interior se convertirá en zona de protección auxiliar.

Además de las justificaciones de carácter histórico y de memoria ciudadana que el Consistorio ha considerado para dar luz verde a la rehabilitación del templo, ha tenido en cuenta el valor ambiental del entorno. No en vano, los vecinos que participaron en el diseño del parque quisieron que la iglesia se situara a orillas de un lago y que se convirtiera en el centro de un diseño de jardinería cuyo punto de fuga enfoca su fachada principal.

La historia del primer parque democrático de la ciudad

En los años 70, la mayor pradera natural de Madrid, la del Pradolongo, corría el riesgo de convertirse en un auténtico vertedero y en pasto de la rampante especulación inmobiliaria.

Las asociaciones vecinales del distrito iniciaron, de común acuerdo, una campaña para convertir la pradera en un parque. Convocaron manifestaciones, llevaron escombros al Ayuntamiento de Madrid… obligándole a sentarse en una mesa de negociación. Corría el mes de enero de 1977.

El Consistorio accedió a la principal reivindicación: serían los propios vecinos y vecinas quienes diseñarían el futuro parque. Una inversión de 150.000 pesetas y el trabajo de elaboración y codificación de las asociaciones vecinales permitió llevar a cabo una encuesta en la que el vecindario trazó su sueño: querían un parque con especies vegetales autóctonas y zonas de juegos infantiles donde poder pasear, presenciar espectáculos y disfrutar de “un río con cascadas”.

El 7 de febrero de 1983 el alcalde Enrique Tierno Galván inaugura el parque, un pulmón verde de 87 hectáreas.