Por Pilar Rodríguez

Estamos conmemorando que hace 40 años se legalizó la Asociación de Vecinos ‘El Organillo’. El año 1977 fue un año difícil de olvidar para los que lo vivimos en primera línea. Se produjeron muchos acontecimientos que nos han traído hasta donde estamos, con aciertos y errores.

Aprovecho este 40 aniversario para reivindicar el trabajo del movimiento vecinal, lo que éramos, el camino que hicimos, quien nos acompañó y donde hemos llegado. Fue duro pero mereció la pena. Participar en ese recorrido, un privilegio.

El movimiento vecinal no nació en 1977. En ese año y los siguientes nos inscribimos en el Registro para que se nos legalizase. Pero el camino venía de lejos.

Es difícil imaginar para alguien que no lo vivió o para quien no haya tenido curiosidad por informarse, cómo era el Madrid de aquellos tiempos. La ciudad era oscura, los edificios negros, las luces nocturnas mortecinas y la periferia que conocemos hoy, prácticamente inexistente: Vallecas a partir del Alto del Arenal, Entrevías, El Pozo, Vicálvaro, San Blas, Hortaleza, Fuencarral, el Barrio del Pilar y tantos otros, estaban llenos de chabolas e infraviviendas. En toda la ciudad, no solo en el extrarradio, la suciedad era considerable, el respeto al medio ambiente inexistente, por supuesto no se sabía lo que era reciclar. ¡Parece increíble lo que ha cambiado la ciudad y la ciudadanía en 40 años!

Ni que decir tiene que el paro era bestial, la inflación del 27%, el trabajo de pésima calidad y mal pagado, los sindicatos recién legalizados cambiarían radicalmente la vida de los trabajadores, los partidos recién legalizados afianzarían la democracia tan deseada y tan celebrada.

En ese paisaje de desolación, que nadie piense que estábamos derrotados. Nos creíamos capaces de cambiar el mundo y en gran medida lo cambiamos; nos creíamos capaces de poner el mundo sobre nuestras espaldas y lo hacíamos; nos creíamos inmortales y, en medio de aquella terrible represión, de las palizas de los guerrilleros de cristo rey en la calle y de la policía en las comisarías, salíamos a manifestarnos día tras día pensando que a nosotros no nos iba a pasar nada. A algunos si les pasó, no éramos inmortales.

En aquellos duros años de finales de los 60 y todos los 70 se crearon muchas asociaciones que no estaban permitidas pero que actuaban arropadas por los vecinos. ¡Teníamos tan poco que perder que no teníamos miedo!

Y en aquellos duros años esas asociaciones de vecinos contaban con un apoyo imprescindible para su defensa: los despachos de abogados laboralistas.

Los despachos se dedicaban a defender a los trabajadores que tenían problemas laborales. Esos mismos trabajadores empezaron a solicitarles para asesorar en los graves problemas de los barrios done vivían: falta de vivienda o infravivienda, multas por construcciones ilegales, problemas legales para la creación de cooperativas para construir sus propias viviendas, reivindicación de alcantarillado, pavimentación, colegios, y todo tipo de servicios en barrios que no tenían nada.

De todos los despachos que hicieron un trabajo impagable quiero recordar, aunque no los nombre, a cuatro despachos que tenían algo en común: su alma eran mujeres: María Luisa, Cristina, Paca y Manuela.

Cuatro mujeres extraordinarias que con las personas que integraban los despachos laboralistas, eran capaces de estar en todos los sitios donde se les necesitaba: defender los derechos de los trabajadores, los derechos de los vecinos, visitar a los presos políticos en las cárceles.

Con un grupo de abogados de algunos de estos despachos se creó la Coordinadora de Barrios. Algún día por semana abogados de los despachos iban a pasar consulta a barrios periféricos, en muchos casos, en los locales que las propias asociaciones de vecinos se habían construido.

Una noche como tantas otras de 1977 también hace 40 años, al volver de los barrios, se citaron en el despacho de Atocha 55 para la reunión de coordinación. Allí un grupo de fascistas les asesinaron.

El movimiento vecinal y las asociaciones de vecinos les estaremos eternamente agradecidos. Abogados, administrativos, estudiantes. Nunca agradeceremos suficientemente a quien perdió lo único importante que tenía que era su propia vida.

Parte del alma de aquellas cuatro mujeres, y de todos los que compartimos con ellas la ilusionante tarea de los despachos laboralista y el terrible asesinato de nuestros compañeros, se fue con nuestros compañeros asesinados.

De esas mujeres hoy una es Alcaldesa de Madrid y otra Comisaria de la Memoria Histórica. Cualquiera de los hombres y mujeres de los despachos laboralistas podrían haber sido los elegidos para esos cargos. Todos éramos buenos pero ellas eran mejores.

Podremos criticar su acción de gobierno pero que esa crítica no ensombrezca lo que ellas y sus despachos han hecho por los trabajadores, los vecinos y sus representantes en los duros años de plomo.

A nuestros abogados, compañeros y amigos del movimiento vecinal, a todos los que fueron asesinados en Atocha 55, a los que sufrieron las heridas de las balas en su cuerpo, a los que dejaron allí parte de su alma, a los que hicieron posible aquel tiempo de defensa de derechos, sueños e ilusiones, GRACIAS POR SIEMPRE.