El barrio es nuestro mantiene, décadas después, su fuerza y su impulso. Fue en los sesenta un grito de guerra que devolvía a la ciudadanía el control sobre su territorio.

En esos años nació en Madrid el movimiento vecinal, un movimiento de base impulsado fundamentalmente por las familias trabajadoras llegadas a la capital desde otras regiones del Estado para encontrar en el pujante sector industrial un medio de vida. La ciudad que encontraron, sin embargo, distaba mucho de lo que esperaban. En plena dictadura franquista, la autoorganización fue el único camino que encontraron para dignificar sus condiciones de vida en materia de vivienda, educación, sanidad… ¡y democracia! Durante mucho tiempo, sembraron de manifestaciones y otras acciones de denuncia unas calles aún secuestradas. Uno de los lemas más repetidos fue El barrio es nuestro, un grito de guerra que servía para reivindicar el protagonismo de la vecindad en las decisiones que la afectaban. El barrio era y es de la gente, no de aquellos políticos y empresarios que en aquellos años trataron de expulsar a los vecinos residentes de los poblados de casitas bajas para construir pisos de viviendas, usando para ellos los denostados planes parciales. El barrio es de la gente, no de las administraciones que no la tienen en cuenta, no de las construcctoras ni de los fondos de inversión, no de las grandes compañías que solo ven en el barrio un territorio de negocio.

Han pasado ya 45 años y en algunos frentes parece que las cosas nos han cambiado demasiado. La lucha contra los desalojos (antes de chabolas, ahora de viviendas robadas para el beneficio de fondos buitre), por el derecho a la manifestación, por la construcción de equipamientos públicos de proximidad… ha vuelto a resurgir con fuerza en un contexto muy diferente en el que, sin embargo, persisten las mismas, y algunas otras, carencias.

La globalización neoliberal ha multiplicado de forma exponencial los flujos migratorios y un mercado inmobiliario sometido a la especulación más brutal ha convertido al barrio en un lugar muchas veces vaciado de sentido de pertenencia. En la actualidad, resulta complicado formar parte de una comunidad construida en torno a la cohabitación, a la ausencia de espacios comunes, con escasos comercios de proximidad y con un concepto urbanístico basado en urbanizaciones aisladas que no fomenta la convivencia ni lo común.

A pesar de todo, el barrio sigue siendo un espacio determinante para la articulación de procesos de reivindicación colectiva. La vecindad sigue reivindicando las calles y plazas de sus barrios y municipios como espacios de construcción de lo colectivo y de encuentro y sigue organizando acciones en los lugares que siente que le pertenecen. Y activando procesos increíbles de solidaridad colectiva, como el vivido en los confinamientos de la Covid-19 con las redes y despensas vecinales o en el temporal de nieve Filomena con las patrullas de limpieza vecinales.

Porque los barrios son nuestros, son de la vecindad y se seguirán reivindicando y dándoles valor. El mismo valor que provocó que ese lema de El barrio es nuestro se hiciera escultura en 2013 gracias al colectivo Todo por la Praxis que, con el humilde ladrillo, creó un símbolo que recoge algunas claves del proceso de constitución de un movimiento ciudadano en torno al barrio. El monumento se localiza en el parque de Palomeras Bajas, el barrio que vio nacer la primera asociación vecinal madrileña legalizada (en 1968) y de donde saldrá, el próximo 5 de noviembre, la Columna Vallecana que marchará hasta el estadio del Rayo Vallecano para unirse con vecinas y vecinos de otros barrios y municipios y llegar en unión hasta el Parque del Cerro del Tío Pío, donde festejarán el 45 aniversario de la FRAVM.