Villaverde, Tetuán, Vallecas o Usera son algunos de las distritos donde son más activos los grupos organizados de jóvenes que se relacionan con violencia, entre sí, con agrupaciones rivales y con el resto de la gente del vecindario.

Abordar de una manera trasversal la realidad de las bandas juveniles violentas es el objetivo de las iniciativas que buscan desestigmatizar a una chavalería que no lo tiene nada fácil y que no cuenta ni con la motivación ni con el apoyo suficientes. El proyecto de dinamización vecinal de la FRAVM ha puesto el foco en esta problemática abordándola desde la formación en la III Escuela de Verano de Puente de Vallecas.

Con este objetivo se ha organizado el taller “Bandas Juveniles: Prevención e intervención” impartido por a la antropóloga experta en agrupaiones de calle, Katia Yocasta, quien dirige un proyecto de intervención integral e interdisciplinar con jóvenes para la prevención de la violencia. La iniciativa, impulsada por la embajada de la República Dominicana, es posible gracias a la colaboración de varios proyectos y recursos y a la implicación de los y las educadoras de calle.

Trabajar con los chicos de las agrupaciones violentas, todo varones, es un reto para las y los profesionales. Las chicas tienen un papel secundario, sólo son “la pareja de” y son usadas para mover armas o conseguir información, por lo que están igualmente expuestas.

Los verdaderos protagonistas de estos grupos son chavales jóvenes, incluso niños de 13 años, que viven en barrios estigmatizados, con altos niveles de pobreza, elevadas cifras de paro, con centros educativos que son guetos y donde no hay recursos específicos, como educadores y educadoras de calle.

Es el sentimiento de soledad y la necesidad de pertenecer a un grupo de iguales lo que lleva a estos chavales a integrarse en una agrupación violenta donde encuentra el reconocimiento y la valoración que necesitan. Porque la gran mayoría provienen de familias desestructuradas. Algunos son hijos de mujeres que vinieron de su país para ofrecer mejor vida a sus familias y dejaron allí a sus hijos e hijas menores que disfrutaron de una calidad de vida razonable gracias a los dineros enviados con mucho esfuerzo por sus madres. Al llegar a España, gracias a la reagrupación familiar, se encontraron con una situación complicada: no conocían a sus madres y apenas las veían por sus largas jornadas de trabajo, vivían en barrios humildes y en espacios pequeños y, además, no tenían amigos. En los últimos años se trata de menores autóctnos, de madre y padre españoles, pero que se identifican con el grupo, con sus valores y maneras de relacionarse.

Las personas profesionales que trabajan con esta población defienden que “son chavales como cualquier otro, que no son monstruos”, que es difícil llegar a ellos pero que se abren si los aceptan como personas de referencia. Por eso, el papel de los educadores y educadoras es de vital importancia. Como lo es un verdadero trabajo en red, que cuente con la colaboración de recursos y proyectos diversos con el objetivo de acercarse a estos chavales y ofrecerles otras expectativas e ilusiones y desactivar así la normalización de la violencia con la que conviven.

Desde el movimiento vecinal se está realizando un gran esfuerzo para afrontar esta realidad, Como la labor que hacen las dinamizadoras de Vallecas que está sirviendo para detectar casos de agresiones violentas por jóvenes, dar apoyo a la vecindad y derivar a otros recursos específicos. El proyecto de dinamización de la FRAVM pertenece al Grupo motor de la Comisión dde agrupaciones juveniles de la Mesa de Intervención Social de San Diego – Puente de Vallecas.

Para nuestros barrios es un reto. Las asociaciones y recursos vecinales están poniendo todo su esfuerzo poque estos jóvenes, chicos y chicas también son parte de la vecindad y tienen un papel vital en el fomento de una mejor convivencia.