El 29 de abril de 2008, la Comunidad de Madrid hacía público el monto que ha aprobado destinar a la “adquisición y actualización de licencias de software de Microsoft y asistencia técnica a los programas Microsoft instalados en los servidores y ordenadores personales de la Comunidad de Madrid”: 9.949.398 euros. Más de un billón y medio de las antiguas pesetas procedentes de los impuestos que todos pagamos para mantener, en los equipos de un organismo público, un sistema que no sólo se ha demostrado sobradamente deficiente sino que sirve para continuar engrosando los astronómicos dividendos de una de las compañías más poderosas del planeta. ¿Cuántas veces se os ha quedado “colgado” vuestro flamante Windows XP o Windows Vista después de abrir una aplicación? ¿Cuántas habéis tenido problemas por un virus que ha infectado la unidad C de vuestro ordenador? No existe el sistema perfecto pero, aunque la gran mayoría de la población lo utiliza a diario, Windows se ha demostrado ampliamente inestable, algo que a menudo provocan de manera consciente sus creadores.

¿Cómo lanzar, una vez al año, nuevas versiones si no es mejorando los defectos o fallas de las versiones precedentes? Nos dicen que sus programas son fáciles de usar y de piratear. Y es cierto, tan cierto que si Microsoft quisiera, como de hecho hace en muchos lugares, podría llevar a tribunales a los piratas de sus programas y obligarles, tras sentencias firmes, a pagar cuantiosas multas. Esto lo puede hacer porque sus licencias son privativas y el código de sus programas cerrado. Por supuesto, este hecho no es exclusivo de Microsoft: todo el software propietario funciona de la misma manera Apple, Macromedia, Acrobat, etc.).

Afortunadamente, desde hace años disponemos de una alternativa poderosa, el llamado software libre. Poderosa desde un punto de vista no sólo ético y político sino también técnico y de accesibilidad. Hace años, hablar de Linux o de programas como OpenOffice o el navegador Mozilla-Firefox quedaba reservado a una minoría. Los programas requerían un arduo aprendizaje y su manejo resultaba muy poco intuitivo. Pero hoy en día, Linux y las aplicaciones de software libre están en boca de todo el mundo y, dado su fácil uso y rápido aprendizaje, cada vez son más las personas que las utilizan en su trabajo cotidiano. Usar la versión Ubuntu 8 de Linux es tan sencillo e intuitivo como el extendido Windows XP, pero mucho más seguro y estable.

Si entendemos el término “software” como el conjunto de programas que componen un sistema de computación, “libre” hará referencia a la libertad de los usuarios para ejecutar, copiar, distribuir, estudiar, modificar y desarrollar este conjunto de programas. Para ello, aparece como condición previa poder acceder sin restricciones a su código fuente. Aunque todos los programas de software libre se pueden obtener sin abonar dinero alguno, “libre” en este caso no significa necesariamente “gratuito”. De hecho, no son pocas las empresas que se dedican al desarrollo, venta y distribución de productos de sofware libre. Pero nadie puede limitar la realización de copias y la transformación de los códigos originales, respetando el tipo de licencia “libre” que los autores elijan (no comercial, Creative Commons, …).

Dos de las virtudes del software libre son su estabilidad y seguridad. No en vano, muchas de las grandes empresas lo utilizan para gestionar sus redes informáticas, conscientes de que los millones de virus que circulan por Internet no afectan a Linux y las probabilidades de que el sistema “se caiga” son muy reducidas. Esto es así dado que las actualizaciones del sistema, que corrigen errores y resuelven fisuras de seguridad, se pueden realizar casi a diario y sin coste alguno, gracias al trabajo desinteresado de la amplísima comunidad de programadores y usuarios de software libre. Y este es precisamente el pilar del software libre: su carácter público, democrático y colectivo.

Socialización del conocimiento, intercambio, colectividad. Términos que se contraponen a la lógica del capital, a la tiranía de un mercado en el que, como pez en el agua, se mueven personajes como Bill Gates. Al igual que nos oponemos a la privatización y mercantilización de bienes básicos como la sanidad, la educación o el transporte, no deberíamos obviar algo tan importante como la cultura y el conocimiento, dos elementos que deberían estar al alcance de todos. La lucha por el software libre no puede faltar de la agenda de los movimientos sociales y las redes vecinales no sólo deberían asumir progresivamente su uso, sino impulsar su implantación, por ley, en las administraciones y espacios públicos, como ya sucede en comunidades como Andalucía o Extremadura, donde sus respectivas Juntas funcionan con Linux.

La FRAVM se halla inmersa en un proceso de migración que no tiene vuelta atrás y que poco a poco tratará de extender a todas las asociaciones federadas. El siguiente paso será exigir a las administraciones un cambio similar, lo que supondrá un ahorro más que considerable para el erario público.