La plaza de Cabestreros no será reconocible en unos años. La que fuera antaño, en época de Mesonero Romanos, el lugar donde se mataban las reses y se ubicaban las fábricas de curtidos, ha vivido multitud de cambios en su fisonomía hasta convertirse en la plaza que hoy conocemos. Según fuentes municipales, “la primera edificación de cierta entidad en esta zona corresponde al Palacio de los Condes de Torres, construido en 1752. El inmueble fue comprado en 1824 por la comunidad de religiosas de Santa Catalina de Sena. En 1959 la orden obtuvo un solar para un nuevo convento y el antiguo fue adquirido por el Ayuntamiento en 1967. El mal estado del edificio, en el que ya se habían producido derrumbamientos en agosto de 1967, acababa con su demolición y la urbanización del solar como plaza pública en 1973” una plaza que, si embargo, sólo es utilizada como vía de tránsito.

Desde hace años, tanto la asociación de vecinos de La Corrala como la Federación han reivindicado la conversión de esta plaza, de 3.400 metros cuadrados, en un espacio de encuentro con zonas verdes subordinada a las necesidades del peatón y respetuoso con el equilibrio medioambiental. Por fin, la administración local ha tomado nota y, según las previsiones, aprobará provisionalmente en el próximo pleno municipal una modificación puntual del Plan General de Urbanismo que dará vía libre a la eliminación de la barrera urbana y arquitectónica que supone el gran desnivel actualmente existente, la construcción de una lámina de agua y la plantación de árboles de gran porte.

Otro de los puntos clave del futuro Cabestreros responde íntegramente a las alegaciones vecinales presentadas, que proponían construir un aparcamiento subterráneo para residentes (PAR) en sustitución del rotativo que recogía el proyecto al principio. Las obras de ejecución del aparcamiento serán, en todo caso, sometidas al dictamen de la Comisión Institucional para la Protección del Patrimonio Histórico, Artístico y Natural (CIPHAN). No olvidemos que se trata de un lugar de gran arraigo histórico, un aspecto que el proyecto pretende defender manteniendo la fuente ornamental que data de 1934 y la restauración de los antiguos muros del convento de las monjas de Santa Catalina. A esto se añade la inclusión de zonas verdes y espacios destinados a juegos infantiles.